YELENA
Sus palabras me golpearon como un puñetazo.
Me dolía el pecho. Me dolía de verdad.
Pero ella no había terminado.
—Si me hubieras escuchado —dijo, con lágrimas en los ojos—, tal vez ninguno de nosotros habría estado en peligro.
Su voz se quebró. —Tal vez no me habría sentido sola otra vez.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
—Tal vez no me habría plantado frente a nuestro alfa y le habría abierto mi corazón a alguien que ni siquiera me había visto.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—N