MARIE
Livia no ocultó su sorpresa cuando le dije que me iba otra vez. Esta vez para siempre.
Me miró como si me hubiera salido otra cabeza. —¿Otra vez? —preguntó en voz baja—. Ni siquiera te estás adaptando. Dijiste que te gustaba estar aquí.
Sonreí. Una leve sonrisa. De esas que no llegan a los ojos.
Mis padres me lo habían rogado. Mi madre me había tomado de las manos, con los ojos llorosos, preguntándome qué había hecho mal. Mi padre había intentado razonar, luego enfadarse, luego guardar si