ANÓNIMO
—¿Qué demonios te pasa? —Mi voz resonó en la habitación, tan aguda que podría haber cortado cristales—.
—¿Por qué has alargado esto tanto? ¡Pensé que ya la habrías matado!
Estaba de pie frente a mí, alto, rígido, con sombras que lo envolvían como una segunda piel. Apretó la mandíbula y, al mirarme, sus ojos brillaron rojos por un instante antes de volver a la normalidad.
—Lo estoy intentando —dijo entre dientes—. Pero no es tan fácil como crees. Tiene lobos poderosos a su alrededor. Si