El sábado amanece con esa luz suave que entra por las cortinas de la habitación de Alice. Ella duerme abrazada a mi pecho, respirando profundo, como si por fin su mundo hubiese encontrado un lugar donde descansar. Y quizá —solo quizá— yo también.
La observo unos minutos. Su cabello revuelto, su rostro relajado, ese leve sonrojo propio del embarazo. No quiero moverme, no quiero romper este instante. Siento todavía el eco de la noche anterior, de la forma en que me buscó como si el mundo fuese a