Mundo de ficçãoIniciar sessãoYa pasaban de las seis y cincuenta cuando empecé a apagar el ordenador. La luz de mi despacho era la única encendida en todo el piso —todos los demás ya se habían ido. El lunes había sido agotador, pero extrañamente ligero.
Era como si, solo por saber que mi decisión estaba tomada, parte del peso que llevaba sobre los hombros se hubiera esfumado.







