(Larissa)
El veterinario me miró con una sonrisa paciente mientras Gabriel hablaba por tercera vez de que el pajarito necesitaba comida, una mantita y alguien que le hablara por la noche para que no tuviera miedo.
— Te lo prometo —dijo él, serio, como si Gabriel fuera su jefe—. Voy a cuidarlo como si fuera mío.
Gabriel apretó los labios y asintió, como si aquello hubiera sido una entrevista formal.
— Si mejora, me llama, ¿vale? —añadió, extendiendo el meñique.
El veterinario selló el pacto con un toque de dedos y yo casi me derrito allí mismo.
Aproveché la salida y, con Gabriel a mi lado, compré las cosas para la sorpresa. Un globo con la frase que me hacía sonreír solo de imaginar a Alessandro leyéndola. Una cajita muy delicada. Y, dentro de ella, los cinco tests y el análisis de sangre. Gabriel, como siempre, curioso, preguntaba:
— Mamá… ¿es el cumpleaños de papá?
— No, cariño.
— ¿Es un regalo?
— Sí, de una manera especial. Pero es secreto, ¿eh?
Él me miraba con esa cara de quien ad