(Larissa)
El veterinario me miró con una sonrisa paciente mientras Gabriel hablaba por tercera vez de que el pajarito necesitaba comida, una mantita y alguien que le hablara por la noche para que no tuviera miedo.
— Te lo prometo —dijo él, serio, como si Gabriel fuera su jefe—. Voy a cuidarlo como si fuera mío.
Gabriel apretó los labios y asintió, como si aquello hubiera sido una entrevista formal.
— Si mejora, me llama, ¿vale? —añadió, extendiendo el meñique.
El veterinario selló el pacto con