(Larissa)
Mis manos ardían. La cuerda me apretaba la muñeca hasta el punto de que ya no sabía qué era dolor y qué era entumecimiento. Intentaba respirar despacio, mantener la calma. Perder la cabeza no iba a sacarme de allí. Perder la cabeza no iba a devolverme a Paula. Perder la cabeza solo haría que perdiera el poco control que todavía me quedaba.
El cielo empezaba a clarear detrás de la ventana cubierta con una tabla de madera, finos haces de luz intentaban colarse por las rendijas. La noche