Cuando llegué al ático, lo primero que hice fue llamar a seguridad.
—Quiero dos coches fijos frente a la mansión de mi madre —dije, con la voz seca, sin paciencia—. Y quiero un relevo de seis hombres dentro. Nadie entra ni sale sin ser visto.
Al otro lado, el jefe de seguridad solo respondió con un “sí, señor” y tomó nota de todo.
En cuanto colgué, marqué de nuevo el número de Valter.
—Quiero gente siguiendo a una persona, Valter. Alice. Estamos saliendo juntos. Donde ella vaya, vosotros vais d