Diogo
Estábamos tumbados en la cama, aún desnudos, sudados y jadeantes, con solo nuestra respiración pesada como único sonido. Podía sentir su piel pegada a la mía y su olor delicioso. Miraba al techo, intentando controlar las ganas de estar con ella otra vez, pero sabía que tenía que dejarla descansar un poco.
Alice suspiró a mi lado y se movió, cogiendo el móvil de la mesilla. El brillo de la pantalla iluminó su rostro antes de que me mirara.
— Joder... — murmuró. — Son las tres y cuarenta. T