Diogo
Después de un día entero lidiando con la burocracia del incendio, informes, la aseguradora, llamadas infinitas, solo quería desconectar. Mi cuerpo estaba cansado, la cabeza hirviendo… pero saber que iba a ver a Pimentita al final del día fue lo que sostuvo mi cordura.
Aparqué frente a su casa y esperé, y entonces la puerta se abrió.
Y, joder.
Alice apareció con un vestido rojo que se le pegaba al cuerpo como si hubiera sido cosido ahí, con un escote delicado y una abertura que me dejó sin aliento unos segundos. El pelo suelto, medio despeinado a propósito, sandalias doradas y una barra de labios que combinaba con el fuego que parecía llevar en la mirada.
No era solo guapa, era el tipo de mujer que hacía que el mundo girara torcido.
Bajé del coche sin ni pensarlo y caminé hacia ella, que sonrió al verme.
— Estás… — me acerqué, dejando un beso leve en su mejilla — preciosa.
Ella se rio, con ese brillo en la mirada que me desestabilizaba.
— Tú tampoco te quedas atrás, billonario.
S