Sentí cómo los nervios volvían con fuerza, como una ola que me tragaba entera.
— ¿Qué haces aquí, Alice? — preguntó mi madre, con la voz firme y cargada de incredulidad. — ¿Quién te llamó?
Abrí la boca para responder, pero mi padre fue más rápido. Dio un paso al frente, levantando la barbilla con una firmeza que no veía en él desde hacía años.
— La llamé yo — dijo, con la voz segura aunque aún emocionada por lo de antes. — Fui yo quien le pidió que viniera.
Mi madre frunció el ceño, pero no dij