Saliendo de la casa de la manada, estábamos tan eufóricas que decidimos dar un paseo por la pequeña ciudad y visitar mi pastelería favorita de paso.
—Cómo extraño el pastel de pistacho de ese lugar —decía Grace, casi con las babas afuera.
—¡Loba golosa! —me reí, mientras caminábamos tranquilamente, observando las tiendas y reconociendo algunas caras que hacía mucho no veíamos.
Cruzábamos el parque central cuando, a lo lejos, nos reconoció Lila.
—¿Por qué justo el primer día teníamos que toparno