Tardé otra hora para volver a dormirme. Estar de pie en el frío de la madrugada, hablando de un hombre muerto cuya presencia aún me hacía estremecer, había ahuyentado los restos de sueño que me pesaban en los párpados. Me quedé acurrucada en el abrazo de Asher, disfrutando del calor y de su aroma a madera mientras caía dormida lentamente.
Aquella mañana salí de la cama muy temprano y me dirigí a una cafetería situada a las afueras de la ciudad, pero aún dentro de los límites de la manada. Nos