Me acosté en la cama, mirando el techo, mientras el tenue resplandor de la lámpara de noche proyectaba suaves sombras por la habitación. Las sábanas debajo de mí se sentían frescas, pero mi piel ardía y mi cuerpo estaba inquieto. Me giré de lado, luego de espaldas otra vez, moviéndome, intentando encontrar una posición cómoda. Pero sin importar cómo me moviera, el calor entre mis piernas no desaparecía.
Apreté los muslos, pero eso solo empeoró las cosas.
Hacía tanto tiempo que no me sentía así…