Tocaron a la puerta y Damiana caminó a abrir, odiaba esa pequeña casa en el centro del pueblo, no era nada comparada con sus lujos anteriores, al abrir, vio a Braulio ante ella
—¿Tú, aquí?
Él esbozó una maliciosa sonrisa
—¿Puedo pasar?
Damiana lo dejó entrar
—¿Qué quieres? ¿Acaso viniste a burlarte de mi desgracia? —exclamó
El hombre rio y eso crispó sus nervios
—¿Así que te robaron todo? ¡Pobre, pobre! Te dije que eras una estúpida, y no me equivoqué, a mi lado, nunca te hubiesen robado ni un c