Ruggero estaba bailando, cuando sintió una mano que lo tomaba y lo apartaba del baile, cuando miró, se tensó al ver que era Victoria.
—¿Tú? Ay, no, vas a ofenderme, ¡Vale! Dame dos buenas bofetadas, las soportaré.
Victoria rio, levantó la mano y Ruggero cerró los ojos, luego volvió a reír.
—¡Claro que no lo haré! Ven conmigo.
Ruggero la siguió.
—Aunque creas que debería odiarte, no lo hago, en realidad, y hasta estoy agradecida, me salvaste, pude casarme con un perdedor, pero ahora soy una