El silencio de la casa la golpeó con una fuerza que no esperaba.
Era ese tipo de silencio denso, que no solo llenaba los espacios, sino que se metía en los huesos, en la piel, en los rincones más profundos del pecho. Apenas cruzó la puerta, Valeska dejó el bolso sobre la mesa del recibidor y fue directamente hacia la habitación del bebé. No necesitaba pensar dos veces hacia dónde quería ir. Solo deseaba ver a Adrián, tenerlo cerca, abrazarlo, llenarse de su olor tibio, suave, ese olor a leche,