El primer pensamiento que cruzó por la mente de Lisandro al abrir los ojos fue que el dolor había disminuido. Ya no sentía esa punzada aguda que le atravesaba el abdomen ni la pesadez insoportable en la cabeza. Sin embargo, en cuanto trató de moverse, descubrió que su cuerpo aún se sentía extraño, entumecido por la anestesia y el cansancio acumulado.
Fue entonces cuando la vio.
Justo al lado de su cama, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados, estaba ella. Valeska. Dormía sentada en una