El día había sido agotador. Valeska sentía la tensión acumulada en cada fibra de su cuerpo, pero la satisfacción de haber defendido su visión con firmeza la mantenía en pie. Con el bolso colgado del brazo, cruzó el vestíbulo de la empresa con la intención de dirigirse a su auto. Sin embargo, al alzar la vista, su paso se detuvo de golpe.
Lisandro estaba allí.
Apoyado contra una de las columnas de mármol, con el rostro más demacrado de lo que recordaba, parecía haber perdido el brillo imponente