La casa de Valeska olía a café recién hecho y a algo vagamente quemado, cortesía del último intento de Lisandro por demostrar que era un hombre nuevo. Él estaba en la cocina, recién dado de alta del hospital, con el cabestrillo guardado pero el hombro aún dolorido, intentando preparar una cena «romántica» para ganarse el perdón de Valeska.
Ella, que estaba sentada en la sala con Adrián gateando a su lado, observaba el caos desde lejos, con una mezcla de diversión y enojo. El sonajero de Adrián