Los días pasaron y el pasillo estaba en silencio. La luz blanca de los fluorescentes caía a plomo sobre las baldosas frías y el murmullo de la máquina que monitoreaba a Lisandro era lo único que rompía el aire tenso. Oliver estaba de pie, con la espalda recargada contra la pared y los brazos cruzados, como si quisiera atrapar su propio cuerpo para que no se desmoronara.
Fabricio salió del cubículo de observación con el ceño fruncido y los labios apretados. Tenía el rostro ojeroso, el pelo revue