El aire de la mansión se sentía cargado, como si el peso de la tensión flotara en cada rincón del salón. Las luces doradas que colgaban del techo emitían un resplandor cálido, pero ni siquiera eso podía suavizar la frialdad en la mirada de Lisandro mientras observaba a la mujer que había irrumpido en su vida con una arrogancia disfrazada de melancolía.
Iskra lo miraba con los ojos brillantes, pero no por amor o arrepentimiento genuino, sino por la terquedad de una mujer que jamás había sido rec