—¿Miranda? ¿Qué haces aquí?
La voz de la señora Kirland resonó por todo el recibidor de la mansión.
Miranda se detuvo en seco.
Durante años, la señora Kirland realmente la había querido.
Por eso, verla ahora con aquella mirada cargada de desprecio resultaba desconcertante.
Miranda intentó mantener la compostura.
—Señora Kirland, me alegra tanto verla.
La mujer no respondió al saludo. Sus ojos se endurecieron.
—Pero yo no estoy feliz de verte.
Miranda quedó perpleja.
Por un instante pensó que hab