Tom se acercó lentamente a la cama donde Joaquín permanecía recostado.
Durante unos segundos no dijo nada.
Observó al hombre que durante tantos años había considerado su jefe, alguien poderoso, imponente y casi imposible de derribar. Sin embargo, en ese momento, Joaquín Kirland parecía completamente diferente.
Era un hombre herido, desesperado y lleno de arrepentimiento.
Tom extendió la mano y tomó la de Joaquín con firmeza.
—Señor... sé dónde está la señora Miranda.
Aquellas palabras hicieron