Al día siguiente, antes incluso de que amaneciera por completo, la mansión Kirland ya era un hervidero de actividad.
Los guardias caminaban de un lado a otro cargando maletas, revisando documentos y coordinando la logística del viaje.
Un helicóptero esperaba con las hélices inmóviles sobre el helipuerto privado de la residencia, preparado para despegar en cuanto recibiera la orden.
Joaquín apenas había dormido.
Había pasado gran parte de la noche contemplando una fotografía de Miranda escondida