En el quirófano, Miranda luchaba entre la vida y la muerte.
Las luces blancas iluminaban cada rincón de la sala mientras el equipo médico trabajaba sin detenerse ni un segundo. El sonido constante de los monitores cardíacos marcaba el ritmo de una batalla silenciosa, una en la que cada minuto podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.
—¡Presión en descenso!
—¡Más sangre, rápido!
—¡Prepárense para la transfusión!
Las órdenes iban y venían con rapidez.
Los médicos apenas levantaban