Tom permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada de Miranda. Todavía le costaba creer las palabras que acababa de escuchar.
Durante años había servido a Joaquín Kirland con absoluta lealtad.
Nunca imaginó que terminaría despedido de aquella manera y, mucho menos, que la propia Miranda le ofrecería una oportunidad que cambiaría por completo su destino.
Tragó saliva.
—Señora... —murmuró con la voz entrecortada—. ¿De verdad habla en serio?
Miranda sonrió con serenidad.
—Claro que hablo en serio