A la mañana siguiente
Miranda abrió lentamente los ojos.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo de la habitación que durante tres años había compartido con Joaquín.
Aquella sería la última mañana que despertaría como su esposa.
La idea le oprimió el pecho.
Se incorporó despacio y dirigió la mirada hacia la mesita de noche.
Allí seguía la fotografía de su boda. En ella aparecían los dos sonriendo, convencidos de que el amor bastaría para superar cualquier obstáculo.
Qué ing