Entonces Joaquín habló.
Su voz era baja. Demasiado baja.
Tan tranquila que resultaba mucho más peligrosa que un grito.
—¿Puedes explicarme... —preguntó lentamente, levantando la vista del documento— por qué, según este convenio, yo debo irme sin un solo centavo, sin propiedades, sin automóviles y sin ninguno de los bienes adquiridos durante nuestro matrimonio... mientras tú te quedas absolutamente con todo?
La oficina quedó en silencio.
Tom observó a Miranda con nerviosismo.
Cualquier otro hombr