Miranda se marchó sin volver la mirada.
Tomó las pequeñas manos de sus hijas y las condujo hacia el automóvil.
Marina y Mariana caminaban a su lado, todavía afectadas por lo ocurrido.
Sus pequeños dedos permanecían aferrados a los de su madre, como si temieran que, al soltarla, aquella mujer pudiera aparecer nuevamente.
Apenas cruzaron la puerta, Marina miró hacia atrás.
—Mami...
Miranda bajó la mirada.
—¿Sí, cariño?
La pequeña dudó unos segundos antes de preguntar:
—¿Ya no volveremos con esa b