—Joaquin, ¿cómo puedes defender a esa mujer?
La voz de la señora Kirland resonó por toda la estancia.
Tenía el rostro encendido por la rabia y los ojos llenos de indignación.
Para ella, lo que acababa de suceder era una humillación que jamás podría aceptar.
Había esperado que su hijo se pusiera de su lado, que condenara a Miranda y que demostrara que aquella mujer ya no significaba nada para él.
Pero había ocurrido exactamente lo contrario.
Joaquin permanecía frente a ella, serio, con la mandíbu