—¡Esto… es imposible!
La voz de la anciana se quebró mientras miraba los documentos que tenía frente a ella. Sus ojos estaban abiertos de par en par, incapaces de aceptar lo que acababa de descubrir.
Durante unos segundos, permaneció inmóvil.
Luego levantó lentamente la mirada hacia Joaquín.
—No… —murmuró—. Esto no puede ser verdad.
Joaquín no respondió.
Su rostro permanecía inexpresivo, pero en sus ojos había una decepción profunda. Ya no quedaba rabia. Ni siquiera quedaba aquella necesidad de