—Tom, vete en el auto de Miranda. Yo conduciré y la llevaré.
Tom miró a Joaquín durante unos segundos, sorprendido por la seguridad de su voz. Después asintió.
—Sí, señor.
Se acercó al automóvil de Miranda, abrió la puerta y subió al asiento del conductor.
Miranda apenas tuvo tiempo de reaccionar.
—¡Espera!
Pero Tom ya había encendido el motor.
El vehículo comenzó a alejarse por la carretera.
Miranda observó cómo su automóvil desaparecía poco a poco entre los árboles y sintió que la rabia comenz