Lágrimas silenciosas se deslizaban por el rostro pálido de Leila. Frederic apretó los puños y, con el calor en las mejillas por las copas que había bebido tras el rotundo fracaso de su plan, le ordenó callarse de forma abrupta.
—¡Basta, Leila! Estamos en serios problemas y a ti se te ocurre llorar.
—¿Problemas? —preguntó ella con la voz quebrada.
Frederic la miró con los ojos cargados de resentimiento.
—Sí, problemas. ¿Sabes por qué estábamos en la gala como representantes de mi tío?
Ella lo ne