Naia ahogó un gemido al sentir aquella invasión entre sus piernas, mientras la lengua de Matthew se entretenía en descubrir el sabor oculto entre los pliegues. La intensidad de aquella acción provocó que su espalda se encorvara al tiempo en que sus manos apretaban con fuerza la tela bajo su piel.
Él subió lamiendo desde su centro de placer hasta el vientre dibujando una línea con la lengua húmeda. Observó su respiración agitada y los pez0nes er3ctos que clamaban por atención.
—Eres deliciosa.
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