En la bañera, Sheila sonreía como idiota. Se mordía el labio y volvía a sonreír. Hacer el amor con Casanova era una cosa, y tener sexo rudo y salvaje con él era otra completamente distinta.
Su amante enmascarado le enjabonaba la espalda y le masajeaba los hombros con movimientos tiernos y delicados, sin embargo, estaba demasiado callado. Y ella sabía porqué.
—No tienes por qué sentir celos de Marco, Casanova.— Susurró ella, girándose, para quedarse apoyada sobre el pecho masculino de su amante