El alba se abría despacio sobre Santo Domingo, como si el mismo cielo quisiera tomarse su tiempo para regalarles otro día más. El firmamento pasaba del negro profundo al malva suave, para teñirse luego de naranja pálida y dorado tenue que se reflejaba en la lejanía del mar Caribe, transformando las olas en hilos de seda brillante. Una luz tan delicada envolvía la casa entera que parecía que el amanecer la estaba acariciando con ternura, como si reconociera en sus muros la historia de dolor y am