El sol de media tarde bañaba la casa de techos altos y paredes blancas, esa que Valeria y Alejandro habían construido ladrillo a ladrillo, con el sudor de sus manos y la certeza de que ningún lugar del mundo podría ser más suyo que aquel. El jardín, que años atrás había sido solo tierra seca y espinas, hoy parecía un pedazo de paraíso escondido en el corazón de Santo Domingo: buganvillas rojas trepaban por los muros como ríos de fuego, jazmines soltaban su perfume dulce y embriagador que se que