El viento de la tarde traía consigo el olor a salitre que siempre recorría las calles de Santo Domingo, mezclándose con el aroma dulce de las flores de caña que Valeria había sembrado en los bordes del jardín. Aquel día no era uno cualquiera: sobre la mesa de madera que habían puesto bajo el techo de tejas, descansaba una caja de cuero desgastada, con las esquinas redondeadas por el paso de los años y el contacto constante de manos que la habían cuidado como si fuera un tesoro.
—¿Estás segura d