El eco de la puerta cerrándose tras él resonó en todo el salón, como si hubiera sellado también la última esperanza que le quedaba a Valeria. Se quedó inmóvil, con las manos temblando aún en el aire, como si todavía pudiera tocar el rastro de la piel de él, el aroma a madera y lluvia que siempre lo acompañaba. Había visto en sus ojos algo que nunca antes: rabia, sí, pero también un dolor tan profundo que le habría partido el alma si no estuviera tan ocupada sosteniendo la suya propia.
—¿Crees que con cerrar la puerta desaparecerá todo lo que acaba de decirte? —la voz fría de su suegra la sacó de su ensimismamiento. Doña Adela estaba sentada en el sillón de terciopelo oscuro, con las manos entrelazadas sobre el regazo y una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Eres una tonta si crees que podrías mantenerte aquí, en esta casa, al lado de un hombre como él, sin que salga a la luz lo que eres.
Valeria giró lentamente, con la mirada ya seca. Las lágrimas se le habían agotado en el momento en que él le había gritado que todo lo que había entre ellos era una mentira.
—¿Lo que soy? —repitió ella, con la voz firme, a pesar de que el pecho le dolía como si alguien le hubiera clavado vidrio—. Sé muy bien quién soy, señora. Lo que no sé es por qué usted ha dedicado todos estos meses a fabricar mentiras para separarnos. ¿Teme que yo descubra lo que usted oculta? ¿Teme que él se entere de quién destruyó realmente a su familia?
La sonrisa de Doña Adela se borró de golpe. Se levantó despacio, con la espalda erguida, y sus ojos grises brillaron con una ira que hasta entonces había sabido ocultar.
—No hables de lo que no entiendes, muchacha. Tú eres la hija de quien arruinó todo lo que teníamos. Tu padre robó, engañó y destruyó la vida de mi marido. Y tú… tú has venido aquí a hacer lo mismo: engatusar a mi hijo para vengarte, para terminar de arruinarnos.
—¡Mi padre nunca hizo nada de eso! —exclamó Valeria, dando un paso hacia ella—. ¡Usted lo sabe mejor que nadie! Yo encontré los documentos, las cuentas, los pagos secretos que usted hacía a su socio para que culpara a mi papá. ¡Fue usted quien lo traicionó, quien lo dejó caer para quedarse con la empresa, con todo! ¡Y ahora usa eso para separarme de él, porque sabe que si nos mantenemos juntos, la verdad saldrá a la luz!
Doña Adela palideció un instante, pero recuperó su compostura casi de inmediato. Se acercó hasta quedar a solo unos centímetros de ella, y su voz se convirtió en un susurro helado:
—Tienes pruebas, dices… ¿Y quién va a creerte? ¿Unos papeles que puedes haber falsificado? ¿Tu palabra contra la mía, contra la de toda esta familia? Mi hijo te odia ahora mismo. Cree que lo has engañado desde el primer día. Cree que solo te acercaste a él por venganza, por dinero. Si le dices una sola palabra más de lo que has visto, te haré encerrar. Haré que nadie te vuelva a ver nunca más.
—Él me ama —dijo Valeria, aunque sintió que se le rompía la voz al recordar la mirada con la que la había mirado minutos antes—. Sé que me ama. Y cuando se calme, cuando pueda pensar, sabrá que yo nunca le mentiría.
—El amor se rompe cuando se descubre la traición —respondió ella con frialdad—. Y lo que tú has hecho es la peor traición que alguien le podía hacer.
En ese momento, el teléfono de Valeria vibró en su bolsillo. Lo sacó con manos temblorosas: era un mensaje de un número desconocido, pero sabía perfectamente de quién venía.
«Si quieres saber la verdad completa, sobre tu padre y sobre lo que pasó hace diez años, sal ahora mismo de la casa. Te espero en el coche, en la esquina. No vengas sola, no vengas tarde. Si no vienes, nunca sabrás quién murió realmente por culpa de todos ellos.»
Levantó la vista: Doña Adela la miraba con desconfianza.
—¿Quién te escribe? ¿Algún cómplice de tu padre?
Valeria guardó el teléfono rápidamente.
—No le importa. Y se equivoca si cree que se va a librar de mí tan fácil. No me iré hasta que él sepa la verdad.
—Él no quiere volver a verte —dijo ella con una sonrisa cruel—. Ya te lo dijo. Y ahora mismo está preparándose para irse de viaje, para alejarse de ti para siempre.
Eso fue como un golpe en el estómago. Si él se iba, si se marchaba sin saber la verdad, podría pasar meses, años, sin que pudiera explicarle nada. Y Doña Adela se encargaría de que nunca volviera a creer en ella.
Salió del salón casi corriendo, subió las escaleras hacia la habitación que compartían. Al entrar, el silencio le dolió más que cualquier grito. Su ropa ya no estaba en el armario: había sacado sus maletas, y sobre la cama estaba el collar que él le había regalado en su aniversario, con la pequeña piedra azul que decía “siempre”. Lo tomó entre sus manos y las lágrimas finalmente se le escaparon.
—No te voy a dejar —susurró con voz quebrada—. No voy a dejar que ella gane.
Tomó lo indispensable, guardó los documentos que había escondido en el fondo de su bolso y salió de la habitación. Al bajar, vio a Doña Adela hablando por teléfono en voz baja, pero se apresuró a cruzar el pasillo antes de que pudiera detenerla. Salió a la calle: el aire fresco de la tarde la golpeó en la cara, y vio un coche oscuro aparcado en la esquina, con las luces apagadas.
Se acercó despacio, con el corazón latiéndole tan fuerte que casi le tapaba los oídos. Cuando llegó a la ventanilla, esta bajó despacio. Y el hombre que había al volante le hizo dar un paso atrás de la sorpresa.
—Tú… —susurró ella.
—Sube —dijo él con voz grave—. Tenemos poco tiempo. Si nos ven juntos, todo habrá terminado.
Mientras el coche arrancaba y se alejaba de la gran mansión, Valeria miró por la ventanilla, hacia la ventana de la habitación que había sido su hogar. No sabía si volvería jamás. Pero sabía una cosa: esta vez, no dejaría que nadie ocultara la verdad. Ni siquiera el hombre que amaba, si era necesario.
Mientras tanto, en la habitación del piso superior, él observaba cómo el coche se alejaba entre la niebla que empezaba a caer. Tenía en la mano la carta que ella había escrito antes de que todo se derrumbara, y en el pecho un sentimiento que no sabía si era dolor o miedo. Sabía que algo no encajaba. Sabía que ella no era capaz de lo que su madre le había contado. Pero las pruebas eran claras, los papeles estaban ahí… ¿O acaso todo era una mentira mucho más grande de lo que imaginaba?
Apretó la carta contra su pecho y tomó el teléfono. Llamó a su mano derecha, con voz firme y decidida:
—Síguela. Y descubre quién va con ella. No dejes que le pase nada. Y averigua… averigua toda la verdad, aunque tenga que destruir todo lo que creo saber.