CAPÍTULO 27: EL SECRETO DEL PASADO

El coche avanzaba por las calles oscuras de Santo Domingo, alejándose cada vez más de las luces y las mansiones lujosas, hacia las zonas más antiguas y silenciosas. Valeria no apartaba la vista del hombre al volante; su corazón aún latía desbocado por la sorpresa.

—No puede ser… usted murió hace diez años —dijo finalmente, con voz temblorosa—. Todos lo dijeron. Hubo un accidente, su coche cayó al río…

El hombre soltó un suspiro pesado, y sus manos apretaron con fuerza el volante. Cuando giró la cabeza hacia ella, Valeria vio las mismas facciones que en las fotos viejas, solo que ahora marcadas por el cansancio, el dolor y muchos años ocultándose.

—Lo dijeron ellos. Ellos hicieron que pareciera un accidente. Yo llevo diez años muerto para todos, Valeria. Diez años escondiéndome, esperando el momento justo para poder demostrar la verdad —respondió él con voz grave—. Soy tu tío Javier. Y soy la única persona que puede probar que tu padre es inocente.

Las lágrimas brotaron solas de los ojos de Valeria. Durante años creyó que toda su familia había desaparecido, que estaba sola en el mundo. Verlo ahí, vivo, le dio una mezcla de alegría inmensa y rabia por todo el tiempo perdido.

—¿Por qué nunca nos dijiste nada? ¿Por qué dejaste que sufriéramos tanto?

—Porque si me hubiera acercado, te habrían matado a ti también —respondió él con dureza—. Doña Adela y sus cómplices no dudan en eliminar a quien se interponga en su camino. Cuando se enteraron que yo había descubierto sus cuentas falsas y cómo habían incriminado a tu papá, intentaron deshacerse de mí. Me salvé por milagro, pero supe que tenía que desaparecer por completo.

El coche se detuvo frente a una casa pequeña y antigua en el barrio Colonial, con las ventanas protegidas y la puerta de madera maciza. Al entrar, Javier encendió una lámpara y señaló una caja fuerte sobre la mesa.

—Aquí está todo lo que necesitamos. Grabaciones, recibos, contratos falsificados… pruebas irrefutables de que fue ella quien planeó todo, quien robó el dinero y quien mandó a culpar a tu padre. Pero hay algo más que debes saber —se detuvo y la miró fijamente a los ojos—. El hijo de ella, el hombre que amas… no es ajeno a todo esto como crees.

Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Qué quiere decir? Él no sabe nada… estoy segura. Si supiera…

—Él no lo sabe hoy —interrumpió Javier—. Pero su padre lo descubrió todo poco antes de morir. Dejó una carta con la verdad, escondida en un lugar seguro. Y Adela lleva años buscándola desesperadamente. Teme que si su hijo la encuentra, la odiará para siempre y le quitará todo lo que ha construido. Por eso te odia tanto: no solo eres la hija de quien ella usó de chivo expiatorio, sino que teme que tú seas quien le ayude a descubrir esa carta.

Mientras tanto, en la mansión, Sebastián caminaba de un lado a otro en su despacho, con los puños apretados y la mente llena de confusión y rabia. Su asistente acababa de colgar el teléfono.

—Señor Sebastián… Valeria se subió al coche de Javier del Villar.

Sebastián se detuvo en seco, como si le hubieran dado un golpe.

—¿Javier del Villar? El hombre que supuestamente murió hace diez años junto al padre de ella? ¿Estás seguro?

—Absolutamente. Lo confirmaron las cámaras y los hombres que los siguen. Se dirigieron hacia el centro antiguo.

Una duda terrible cruzó su mente. ¿Era cierto entonces todo lo que le había dicho su madre? ¿Valeria llevaba años planeando su venganza, aliada con ese hombre que todos creían muerto? Pero… ¿por qué cuando la miró a los ojos solo vio dolor y amor?

—Sigue vigilándolos. No te acerques, no te dejes ver. Y averigua todo sobre ese hombre, desde el día que supuestamente murió hasta hoy —ordenó, y luego salió hacia la habitación de su madre.

Doña Adela estaba sentada frente al fuego, pero al ver la expresión de su hijo se puso pálida.

—¿Qué pasa?

—Javier del Villar está vivo —dijo Sebastián con voz fría, acercándose a ella lentamente—. Y Valeria está con él ahora mismo. ¿Me quieres explicar por qué nos mintieron diciendo que había muerto? ¿Y qué relación hay entre él y todo lo que pasó con la empresa hace diez años?

La mujer se quedó sin aliento, y por primera vez perdió toda su compostura.

—Ese… ese hombre es un mentiroso y un ladrón. Huyó porque tenía miedo de que se descubrieran sus crímenes…

—¡Mientes! —gritó él, golpeando la mesa con la mano—. ¡Llevas toda la vida mintiéndome! Papá te dejó cartas, documentos… ¿verdad? ¿Verdad que sabes dónde están? ¡Dime la verdad ahora mismo o yo mismo me encargo de investigar hasta encontrarla aunque me cueste todo!

Mientras la discusión estallaba en la mansión, en la casita antigua Javier sacaba un sobre viejo y se lo entregaba a Valeria.

—Esta es la llave de la caja de seguridad donde está la carta del padre de Sebastián. Solo tú puedes abrirla, porque puso el nombre de tu padre como único testigo. Ahora… decide: ¿Quieres que la verdad salga a la luz aunque eso signifique que él te odie al principio? ¿Estás dispuesta a arriesgarlo todo?

Valeria tomó la llave entre sus manos frías. Pensó en Sebastián, en sus ojos llenos de rabia, en el dolor que sentiría al saber que su propia madre le había mentido toda la vida. Pero luego pensó en su padre, en la reputación manchada, en todos los años de sufrimiento. Alzó la mirada, con los ojos brillantes y la voz firme:

—Estoy lista. No importa lo que pase. La verdad debe salir a la luz. Y si él me ama de verdad… tendrá que creer en mí, aunque el mundo entero esté en contra.

En ese momento, un ruido fuerte en la puerta los hizo saltar. Alguien intentaba forzar la cerradura.

—¡Nos han encontrado! —gritó Javier—. ¡Rápido, por la puerta trasera! ¡Guarda bien esa llave!

Valeria guardó el sobre en su pecho y salió corriendo detrás de él, mientras escuchaban cómo la puerta principal caía al suelo. Sabía que el peligro apenas comenzaba… y que pronto se enfrentaría a la verdad más dura de todas.

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