Lucía pasó los días siguientes intentando no pensar demasiado en lo ocurrido en el estacionamiento. No había beso, abrazo ni confesión capaz de justificar que su cabeza siguiera regresando a aquel momento, pero lo hacía de todos modos. Recordaba la mano de Gabriel sobre su espalda, la forma en que él se detuvo al escuchar su negativa y, sobre todo, aquella frase que ella misma había pronunciado antes de entrar al automóvil. No significa nunca. Cada vez que la recordaba sentía ganas de esconder