Los primeros días después de aquella cita fueron mucho menos emocionantes de lo que Lucía había imaginado y, precisamente por eso, comenzaron a gustarle. Gabriel no cambió su manera de escribirle ni empezó a llamarla cada noche como si haber decidido intentarlo significara recuperar automáticamente todas las costumbres anteriores. Seguían teniendo sus trabajos, sus horarios y sus propios planes. Algunos días hablaban bastante. Otros apenas intercambiaban un par de mensajes. Lucía descubrió que