Cuando se colocó detrás de ella, se enjabonó las manos y la rodeó con los brazos para lavarle los pechos, ella no opuso ni una leve protesta. Permaneció muda, como una estatua, permitiéndole lavarle el pelo largo, inclinarle la cabeza hacia atrás bajo el agua y enjuagarle la espuma.
En esa posición, no pudo resistirse. Tenía que saborear esos pezones rosados y fruncidos, rodeándolos con la lengua, succionándolos uno a uno. Cuando a ella le flaquearon las rodillas, la sostuvo con un brazo por