Con total impunidad, imitó su ataque relámpago, apedreándolo sin piedad. Esta vez jugó sucio, apuntando a su masculinidad. La nieve estaba demasiado húmeda y ella demasiado lejos para hacerle daño de verdad, pero ver a Javier saltar, maldecir y tratar de no caerse la hizo reír hasta que las lágrimas le corrían por las mejillas.
Por desgracia, ella también acabó quedándose sin fuerzas y sin bolas de nieve.
Agachándose de nuevo, con el corazón latiéndole a mil por hora, esperó la respuesta. No pa