¿Acaso no sentía cuánto la necesitaba… cuánto necesitaba esto? La había tomado como un salvaje, una y otra vez este fin de semana. Y en cuanto terminaban una ronda, la deseaba de nuevo.
Con delicadeza, recorrió su cuerpo con la punta de los dedos. Era esbelta, pero no flaca. Sin costillas que sobresalieran, sin clavícula hundida. Todo en ella era la viva imagen de la vida y la salud. Cuando le acarició un pecho, ella giró la cabeza.
Él le tomó la barbilla y la obligó a mirarlo. —¿Qué temes que