CAPÍTULO 36. No voy a dejar que te pase nada
Eran solo las ocho de la mañana cuando Massimo bajó corriendo y cayó en sus brazos con el mejor saludo del mundo.
—¿Y tú cuándo vas a decirme «papá», jovencito? —le preguntó Franco—. ¿No ves que mi corazoncito ya no puede esperar? Yo soy pa-pá. A ver… pa-pá, pá-pá.
Lo sentó en su sillita de la cocina para desayunar y vio entrar a Victoria, que por supuesto no estaba a menos de tres metros de su hijo. La muchacha pasó junto a él con la barbilla levantada, sin saludarlo ni mirarlo. Pero apenas se