CAPÍTULO 31. Esto no se ha terminado, señora Garibaldi.
Franco no estaba muy seguro de qué creer, aunque en aquel momento la verdad era que no estaba muy seguro de nada. Era como si aquel deseo le nublara los pensamientos, como si lo único que fuera capaz de sentir fuera el sabor dulce de aquellos labios que se cerraban sobre los suyos.
Victoria se apretó más contra él y Franco metió la lengua en su boca, besándola con una posesividad que no había planeado, pero así era exactamente como se sentía. La sintió tensarse primero y luego derretirse entre