El silencio que sigue a sus palabras es más ensordecedor que el rugido del motor de su auto de lujo minutos atrás. Me siento como si estuviera atravesando una neblina gris, espesa y pegajosa, donde mi cerebro no logra conectar con mi boca. El aire en el interior del coche se vuelve denso, cargado con el olor de nuestro encuentro reciente, una mezcla de sudor, deseo y esa fragancia inigualable de Lucien que siempre me embriaga y, en este caso, me vuelve idiota. Acabamos de tener un momento neces