El eco de la voz de Lucien todavía vibra en mis oídos en una frecuencia baja que hace que mi sangre se sienta como plomo derretido circulando por mis venas. Me quedo allí, de pie en medio del salón del Venetian, sintiendo el peso de las esmeraldas de mi madre contra mi pecho y la mirada de cientos de extraños sobre nosotros. Pero para mí, el mundo se había reducido a ese espacio de dos metros donde el aire todavía huele a su perfume, a ese aroma de tabaco caro y peligro que me persigue en mis s